La cicatriz como lenguaje. Lo material del trauma en la obra de Chuma Montemayor
Todo empieza aquí
La obra de Chuma Montemayor (Ciudad Victoria, 1977), articula desde hace más de una década una
investigación visual sobre la memoria, el trauma y la violencia en el México contemporáneo. Su práctica
oscila entre la fotografía intervenida, el objeto encontrado, el bordado y el video, materializando el dolor
con un cuidado casi forense. Las series Recuerdos Miopes, Callo de Fractura y Coma águila, no coma
plomo conforman un corpus en el que los materiales mismos asumen el peso simbólico del duelo, vis-a-
vis la tierra recogida en zonas de conflicto, las cenizas mezcladas con hoja de oro, el bordado manual
sobre algodón crudo y la intervención pictórica sobre la fotografía. Este ensayo sostiene que
Montemayor construye una gramática material del trauma donde cada decisión técnica opera como
inscripción mnemónica, y donde la reparación se presenta como un proceso incompleto. Desde la
abstracción y la presencia del objeto, su práctica asume una función ritual del duelo que dialoga con la
genealogía latinoamericana del residuo, sin renunciar a la dimensión autobiográfica que la origina.
El primer rasgo formal que organiza la obra de Montemayor es el desenfoque. En Recuerdo 73
(2018) la imagen aparece sometida a una pérdida de definición que disuelve los rostros familiares en
manchas cromáticas. La operación tiene un antecedente clave en Gerhard Richter, cuyo ciclo October
18, 1977 (1988) convirtió el desenfoque pictórico en protocolo ético al cubrir las fotografías policiales del
grupo Baader-Meinhof con capas grises. Marianne Hirsch, al teorizar la postmemoria, sostiene que la
fotografía borrosa es la metaimagen privilegiada del modo en que la generación posterior al trauma se
vincula con la memoria de quienes la antecedieron. De esta forma, Montemayor desplaza esa operación
al archivo doméstico, donde la repetición del archivo borroso podría parecer pura repetición traumática,
pero la deliberación con la que cada imagen es producida sugiere un trabajo de elaboración que
mantiene la herida visible. Las imágenes de Montemayor, borrosas, manchadas, intervenidas, son ética y
epistemológicamente más exigentes que la nitidez documental. La nitidez sustraída del archivo familiar
deja en su lugar verdes, ocres y rosas saturados, un color que ocupa el espacio que la mirada ya no
puede sostener.
En Recuerdo 1106 (2019), una figura borrosa es intervenida con acrílico rojo sobre vidrio, y la frase
escrita a mano, I have lost my sense of self, rasga la imagen. El marco antiguo de madera oscura
encierra la pieza y la convierte en reliquia. La operación literaliza el argumento de la académica Cathy
Caruth, según el cual el sujeto traumatizado no posee su propia historia, sino que se vuelve él mismo
síntoma de un acontecimiento que lo posee, y una voz que escapa por la herida. El gesto se repite en No
Other Choice But (2022), donde un óvalo de madera dorada y una imagen apenas perceptible son
atravesados por una palabra pintada en rojo intenso.
Tierra y Paz (2020) abandona la imagen fotográfica presentando una bandera de algodón que ha
sido impregnada con tierra recogida en zonas de conflicto y fijada con sellador acrílico. La materia
funciona como residuo, mientras que la bandera suspendida en el muro, condensa metafóricamente sin
pretender totalizar lo herido. El antecedente más directo de Montemayor es la obra de Teresa Margolles,
en particular las piezas presentadas en el Pabellón de México de la 53 Bienal de Venecia en 2009 bajo
curaduría de Cuauhtémoc Medina. En Bandera I, Margolles sustituyó la bandera oficial por una tela
impregnada con sangre y fluidos recogidos de un sitio de asesinato en Ciudad Juárez. En los
Narcomensajes, esa misma tela ensangrentada fue bordada con hilo de oro, conjugando residuo
corporal y signo sacro. Tierra y Paz opera por desplazamiento, ya que donde Margolles usa sangre para
sustituir la bandera trabajando desde la víctima, Montemayor usa tierra para inscribirla desde la
geografía herida.
Cuauhtémoc Medina ha caracterizado el periodo del arte mexicano posterior a 2006, fecha en la que
el Estado declara la guerra contra el narco, como el del genocidio normalizado, y describe sus prácticas
como operaciones de metáfora, donde el fragmento material permite pensar el todo de la violencia.
Montemayor pertenece a esa corriente desde Monterrey y Tamaulipas, regiones donde la guerra adquirió
formas particularmente brutales. La serie Callo de Fractura nace en 2012 a partir del secuestro de un
familiar del artista, acontecimiento que Montemayor aborda como matriz arqueológica de la cual se
desprenden objetos, dibujos, fotografías y registros que funcionan como evidencias de un suceso
imposible de reconstruir en su integridad. La estrategia replica con precisión la lógica la experiencia
traumática, donde el acontecimiento regresa en forma de fragmentos diferidos. De esta matriz se
desprende Bed (2012), una fotografía en blanco y negro de una cama deshecha cuya quietud
documental concentra toda la fuerza de la pieza. Lo que se ofrece a la mirada es un espacio doméstico
convertido en escena interior y una superficie donde la huella del cuerpo pesa más que el cuerpo mismo.
La pieza dialoga con la noción de punto de memoria que Marianne Hirsch propone para describir esos
lugares concretos, aparentemente menores, donde el pasado puntúa el presente.
Ya sabe que lo quiero mucho (2015), bordado sobre algodón que reproduce una carta materna,
inscribe la práctica de Montemayor en la genealogía del bordado colectivo de duelo en América Latina.
La fuerza de la pieza reside en que la decisión material precede a la representacióno. Las arpilleras
chilenas elaboradas durante la dictadura de Pinochet en los talleres de la Vicaría de la Solidaridad
establecieron un modelo continental del textil testimonial, reactivado en México en 2011 por el colectivo
Fuentes Rojas con la iniciativa Bordando por la Paz. El bordado de Montemayor desplaza esa práctica
colectiva al archivo familiar, pero conserva la lógica fundamental, donde las hebras colgantes evidencian
el trabajo paciente del cuerpo y la imposibilidad de un cierre. El giro de archivo en el arte latinoamericano
contemporáneo se basa en un procedimiento mediante el cual documentos personales son
resignificados para hacer visibles las zonas oscurecidas del relato canónico, y la obra de Montemayor
activa ese giro al inscribir lo íntimo en una zona política.
La obra de Montemayor demuestra que el arte mexicano contemporáneo puede asumir, sin caer en
la ilustración ni en el panfleto, una función ritual del duelo. Sus materiales, tierra, ceniza, hilo, vidrio,
fotografía intervenida, son cicatrices ofrecidas a la mirada pública, en diálogo con la sangre de Margolles,
los zapatos suturados de Salcedo, el desenfoque de Richter, las cenizas de Kiefer, los pañuelos
bordados de Fuentes Rojas y las arpilleras chilenas. Frente a una sociedad que oscila entre la amnesia y
el espectáculo, Montemayor sostiene la posición de un artista que entiende el archivo como carne y la
materia como memoria activa,. Su práctica recuerda que el duelo es sino una forma permanente de
habitar el presente, y que el arte, cuando renuncia a la ilustración del dolor y elige encarnarlo, todavía
puede ser un espacio de verdad compartida.
Alberto Ríos de la Rosa
Estados Mentales
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La obra de Chuma Montemayor se centra en la fragilidad de la identidad psicológica, trazando una línea desde la construcción arquetípica de la identificación con el padre y la madre. Se construye en un sistema de signos coherente, desafiando la incoherencia de la psique y su respuesta a los acontecimientos.
Esta exposición nos lleva por un recorrido de imágenes que forman una narrativa no lineal, y nos invita a la resolución de un enigma, que tuvo por eje la búsqueda de la identidad por una parte, y por otro lado, la recuperación de la salud mental y la memoria en respuesta a la experiencia de un secuestro. Esta exposición también es una retrospectiva de mitad de carrera del artista Chuma Montemayor, quién creció en Ciudad Victoria.
Este cuerpo de trabajo es autobiográfico y performático, y estos dos elementos dialogan de manera interesante con la dimensión conceptual de sus soluciones. Los elementos autobiográficos que forman esos nodos conceptuales son constitutivos de la identidad, como si la obra fuera un mapa de signos o una arqueología de vestigios desde los que se formulan cuestiones acerca de las afectaciones a la identidad causadas por las pérdidas y experiencias traumáticas, y nos lleva a la comprensión de la fragilidad de la salud mental y de los vestigios invisibles de la violencia que borra la visión y los recuerdos.
Ir sobre sus pasos para mirar los hechos: la arqueología que construye Chuma Montemayor es precisa y puntual, deja imágenes pulcras, en ocasiones inquietantes que constituyen un retrato psicológico personal que usa las coordenadas para ser leída y convertirse en una experiencia universal.
Virginie Kastel Ornielli
Caminar Sombra
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Existe un umbral cuya línea invisible se encuentra trazada ante
nosotros, y parte de los códigos no hablados de nuestra existencia es
que no debemos cruzarla. Pero una vez que se atraviesa, en el camino
que allí recorremos, dependemos de herramientas que no solíamos
utilizar: unas tienen que ver con el saber andar por paisajes perdidos,
el hacernos amigos de nuestra sombra y, al mismo tiempo, vivir algún
tipo de metamorfosis. Montemayor trabaja a partir de su propia
historia emocional que es parte importante de sus investigaciones
plásticas. Existe un evento perturbador, el cual nombra y le da forma
desde ángulos distintos: el secuestro de un ser querido. Sus piezas
construyen el trauma a partir de varios ejes: la pérdida de visión,
utilizando figuras de eventos familiares transformados por el
desenfoque, y la creación de mapas del espacio del secuestro
descritos de memoria por la víctima... para después entender que los
recuerdos eran ficticios.
Yvonne Venegas
Contador de sus propias historias
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Conocer a Chuma Montemayor, y conocerlo a través de su obra es posiblemente una de las experiencias conceptuales más interesantes que he podido disfrutar, dentro de mi recorrido como estudioso y coleccionista de arte contemporáneo latinoamericano.
Sus piezas, vistas desde un ejercicio agregador, hacen fácil el trabajo del curador. Su contenido que no es más que un instante capturado por su ojo artístico y el ojo mecánico de sus cámaras, regalan una invitación a entrar a poderosas historias que se construyen en la imaginación. Juntando y combinando sus piezas de composición con las emociones transmitidas por los elementos propios de la obra, para luego sumar los inventarios particulares del archivo de los recuerdos, es la fórmula resultante que convierte estos instantes fotografiados, en una experiencia dinámica que se transforma desde lo fijo e inmovil a una plataforma sin límites de evolución.
La consistencia entre el carácter de la obra y la esencia misma del artista, no dejan de sorprender. Su vida propia pareciera estar construida de momentos fotográficos que logran evolucionar de sus estados propios de congelación, al movimiento puro. Su mente viaja constantemente a través del espacio temporal, moviendo el pasado y el presente libremente, habilidad extraordinaria que usa para reinventar constantemente la temporalidad de los recuerdos dentro de su mente. Su poderosa creatividad construye puentes conectores desde su propuesta gráfica, directamente al cimiento de desde donde nacen sus historias.
Montemayor muestra de manera honesta, su voluntad de expresión dramática, propia de los recuerdos más dolorosos de su infancia. No tiene tapujos en proponer una temática agresiva/angustiosa al espectador, como si se tratara de un S.O.S. . Los puentes conectores, permiten evolucionar a sentimientos más propios de la superación, del descanso y la convivencia armoniosa.
El artista es un talentoso contador de historias; de sus propias historias, usando una mezcla compleja de ficción, drama, terror y novela. La esencia del contenido, es su ingrediente propio y su mayor contribución. Lo demás lo aporta cada espectador, bajo la casi obligatoria necesidad de generar un balance y/o equilibrio, que permita alcanzar un resultado tranquilizante.
Colección Gastón Abello, Miami